PANTALLAS EN MENORES: EL DESAFÍO DE EDUCAR EN LA ERA DIGITAL

NOTA PERIODÍSTICA

Especialistas del Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino advierten que el uso excesivo de dispositivos puede afectar la atención, la conducta, el descanso y la convivencia escolar. Coinciden en que la respuesta no está en prohibir la tecnología, sino en acompañar y poner límites.

El uso de pantallas en niñas, niños y adolescentes se ha convertido en una preocupación cada vez más frecuente dentro de las familias y los colegios. Celulares, tabletas, videojuegos y redes sociales forman parte de la vida cotidiana, pero su uso excesivo o sin acompañamiento puede generar efectos en la atención, la conducta, el rendimiento académico y la convivencia.

En el Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino, dos miradas ayudan a comprender mejor este fenómeno: la de la Lic. Alejandra Villa, psicóloga y jefa del Gabinete Psicopedagógico, y la de Mr. Susano Céspedes, docente del área de Computación con 26 años de experiencia. Ambos coinciden en que el problema no es la tecnología en sí misma, sino la falta de límites, supervisión y educación digital.

Villa explica que los menores, especialmente en edades tempranas, todavía no tienen la madurez suficiente para procesar estímulos tan rápidos durante largos periodos de tiempo. Esta sobreexposición puede reflejarse en el aula mediante cansancio, irritabilidad, baja concentración y dificultades para sostener la atención.

“Mientras mayor sea la cantidad de horario frente a las pantallas, menor va a ser la capacidad de atención y concentración”, advierte la psicóloga, al relacionar el uso excesivo de dispositivos con el rendimiento académico y la comprensión en clase.

Desde el área tecnológica, Susano Céspedes observa que la relación de los estudiantes con la tecnología ha cambiado en los últimos años. Señala que, si bien las herramientas digitales pueden apoyar el aprendizaje, muchas veces predominan los usos recreativos, el consumo rápido de contenido y la distracción.

El docente también identifica cambios en la forma de leer, investigar y resolver tareas. Según Céspedes, “los estudiantes leen menos textos extensos y prefieren información resumida o información audiovisual”. Esta tendencia representa un desafío para el desarrollo de habilidades como la lectura comprensiva, la escritura y la organización de ideas.

Otro de los puntos sensibles es la convivencia escolar. Alejandra Villa recuerda que, después de la pandemia, se observaron diferencias entre estudiantes de distintas edades. Mientras algunos adolescentes valoraron más el encuentro presencial y la socialización, en niños de primaria aparecieron mayores dificultades para controlar emociones, esperar turnos o manejar la frustración.

“Llegaron un poco más agresivos, más instintivos, menos controladores de sus emociones”, comenta Villa, al referirse a ciertas conductas observadas en el retorno a la presencialidad. Para la especialista, la inmediatez que ofrecen las pantallas puede afectar la tolerancia a la frustración, porque los menores se acostumbran a respuestas rápidas y estímulos constantes.

Frente a este escenario, ambos especialistas coinciden en que prohibir completamente las pantallas no es una solución realista. Céspedes sostiene que “la solución no es prohibir las pantallas, sino educar en su uso”. Desde esa mirada, la tecnología puede ser útil cuando tiene un propósito claro, especialmente en actividades educativas, investigación o creación de contenidos.

El rol de las familias resulta clave. Villa recomienda establecer horarios, supervisar contenidos, usar herramientas de control parental y evitar pantallas antes de dormir. También insiste en que los adultos no deben delegar la crianza en los dispositivos ni usar el celular como una “niñera digital”.

Por su parte, Céspedes sugiere que la entrega de un dispositivo propio debe realizarse con reglas claras, supervisión y acompañamiento. Además, advierte sobre riesgos como el ciberacoso, el contacto con desconocidos y la exposición a contenidos inadecuados.

El desafío, entonces, no está en rechazar la tecnología, sino en enseñar a usarla con criterio. Las pantallas pueden ser herramientas valiosas para aprender, investigar y comunicarse, pero no deben reemplazar el juego, el descanso, la conversación familiar ni la convivencia con otros niños.

Como resume Alejandra Villa, los adultos deben recuperar su rol de guía en la crianza digital. Su recomendación final es clara: “no tener miedo a ser papás”, poner límites y acompañar a los hijos en la construcción de hábitos tecnológicos más saludables.


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