CRIANZA EN MODO AVIÓN: POR QUÉ LOS ADULTOS DEBEMOS VOLVER A PILOTAR EL MUNDO DIGITAL
ARTÍCULO DE OPINIÓN
En un mundo marcado por la inmediatez, la verdadera pregunta no es si la tecnología es buena o mala, sino quién está guiando su uso: el niño solo frente a la pantalla o el criterio de un adulto presente.
Hace unos días, mientras grabábamos el piloto del podcast A ver, despejame la duda, surgió una pregunta que parece sencilla, pero que toca una de las grandes preocupaciones de muchas familias: en un tiempo donde buscamos respuestas en internet, en redes sociales o incluso en la inteligencia artificial, ¿quién nos ayuda a entender lo que pasa en la sala de nuestra casa cuando nuestros hijos están frente a una pantalla?
Como estudiante de Comunicación Estratégica y Digital, pero también como padre y autor del proyecto Infancias Conectadas, estoy convencido de algo: las pantallas no son el enemigo, pero los adultos no podemos entregarles a los niños un mundo digital sin límites, sin acompañamiento y sin criterio.
La realidad que se observa en colegios como el Santo Tomás de Aquino deja señales importantes. Después de la pandemia, apareció un contraste llamativo. Mientras muchos adolescentes volvieron valorando más el aire libre y la socialización, algunos niños de primaria regresaron más pegados a los dispositivos, con mayores dificultades para controlar emociones, esperar turnos o manejar la frustración.
La Lic. Alejandra Villa González, psicóloga y jefa del Gabinete Psicopedagógico, lo explica desde una mirada profesional y humana: el cerebro de un niño pequeño todavía no está preparado para procesar estímulos tan rápidos durante largos periodos de tiempo. Esa sobreestimulación no es un detalle menor. Puede afectar la atención, el descanso, la conducta y la forma en que los menores se relacionan con los demás.
Como padres, a veces confundimos el silencio de un niño con una tablet con tranquilidad. Pero ese silencio no siempre significa calma. A veces solo significa que una pantalla está ocupando el lugar que debería ocupar una conversación, un juego, una explicación o simplemente nuestra presencia.
Ahí aparece una idea incómoda, pero necesaria: el celular no puede convertirse en una niñera digital. Puede entretener, puede ayudar, puede enseñar, pero no puede criar.
El uso excesivo de pantallas puede reducir la capacidad de atención, generar irritabilidad y debilitar la tolerancia a la frustración. Un niño acostumbrado a la respuesta inmediata del clic puede tener más dificultad para esperar, escuchar, aburrirse, crear o resolver un conflicto sin estímulos constantes. Y eso, tarde o temprano, llega al aula, al sueño, al rendimiento académico y a la convivencia familiar.
Desde la mirada técnica, Mr. Susano Céspedes, docente del área de computación con 26 años de experiencia, plantea una diferencia clave: no es lo mismo usar tecnología con un objetivo educativo que usarla sin control, solo por entretenimiento o por costumbre. La tecnología puede servir para investigar, aprender y crear. El problema aparece cuando el acceso es libre, sin supervisión y sin reglas claras.
También existen riesgos que no se pueden ignorar: contacto con desconocidos, ciberacoso, exposición a contenidos inadecuados y una construcción de identidad digital que muchas veces los niños no están preparados para manejar. Entregar un dispositivo sin normas es abrir una puerta sin explicar qué hay del otro lado.
Ahora bien, esto no significa declarar la guerra a la tecnología. Sería absurdo. Vivimos en una época digital y nuestros hijos también deben aprender a moverse en ella. En los colegios se utilizan plataformas educativas, recursos digitales y herramientas que pueden aportar al aprendizaje. El punto no es prohibir todo, sino enseñar a usar mejor.
Ahí la experiencia de Alejandra como madre le da humanidad al tema. En su casa, por ejemplo, utiliza Family Link para regular horarios, filtrar contenidos y bloquear dispositivos en determinados momentos. Pero ella misma deja claro que una aplicación ayuda, aunque no reemplaza el vínculo.
La verdadera crianza digital no se resuelve solo instalando un control parental. Se resuelve estando presentes. Revisando qué ven. Preguntando qué juegan. Sentándonos, si hace falta, a conocer ese mundo que para ellos es parte de su lenguaje cotidiano. Incluso jugar con ellos puede ser una forma de acompañar, de entender y de enseñar.
El mayor error que podemos cometer los adultos es tener miedo: miedo a que lloren, miedo a que se enojen, miedo a que se sientan excluidos, miedo a parecer demasiado firmes. Pero poner límites no es ser autoritario. Poner límites también es cuidar.
Como dice Alejandra Villa, no debemos tener miedo a ser papás. Esa frase resume gran parte de este debate. Los adultos somos responsables de corregir hábitos, ofrecer alternativas y recuperar espacios fuera de la pantalla: una conversación, un deporte, una tarde de juegos, una salida al parque o simplemente tiempo compartido sin dispositivos de por medio.
El llamado desde Infancias Conectadas es claro: recuperemos la batuta de la crianza. La solución no es apagar todos los dispositivos ni aislar a los niños del mundo digital. La solución es encender nuestro criterio adulto.
Educar en tecnología también es educar para la vida. Y si nuestros hijos van a crecer entre pantallas, lo mínimo que podemos hacer es no dejarlos solos frente a ellas. Porque ninguna aplicación, ningún algoritmo y ninguna inteligencia artificial puede reemplazar lo que más necesitan: adultos presentes, límites claros y una guía humana para aprender a vivir conectados sin perderse en el camino.
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