EL RELOJ DE LAS SEIS DE LA TARDE: CRÓNICA DE UNA MADRE FRENTE AL DESAFÍO DIGITAL
CRÓNICA
Alejandra Villa González, psicóloga y madre de dos hijos, muestra cómo vive en casa el reto de criar entre pantallas. Entre horarios, deportes, Family Link, juegos compartidos y conversaciones necesarias, su experiencia recuerda que la tecnología no reemplaza la presencia adulta.
Son las seis de la tarde y, para Alejandra Villa González, empieza otra jornada.
Después de un día intenso como jefa del Gabinete Psicopedagógico del Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino, cruza la puerta de su casa y cambia de escenario. Ya no está frente a estudiantes, docentes o padres que buscan orientación. Ahora está frente a sus propios hijos, una niña de 10 años y un niño de 8, que también crecen en una época donde las pantallas forman parte de la vida cotidiana.
En su casa, las seis de la tarde no son solo una hora en el reloj. Es el momento en que termina la doble escolaridad, aparecen las tareas, los deportes, el cansancio del día y también ese pequeño espacio en el que la tecnología pide permiso para entrar.
La relación de sus hijos con las pantallas no nació como un capricho. Comenzó, como en tantos hogares, durante la pandemia. En 2020, las clases virtuales obligaron a Alejandra y a su esposo a tomar una decisión práctica: comprar tablets para los niños. Usar los celulares de los padres implicaba interrumpir el trabajo, prestar el dispositivo, cortar llamadas, soltar tareas. La tablet, en ese momento, fue una herramienta necesaria.
Lo que empezó como una solución escolar terminó convirtiéndose en un territorio que exigía reglas.
Alejandra no habla de la tecnología como enemiga. Tampoco la deja avanzar sin control. En el centro de esa organización doméstica aparece una herramienta silenciosa: Family Link. Desde su celular, puede revisar el tiempo de uso, bloquear horarios, autorizar aplicaciones y decidir qué entra y qué no entra al mundo digital de sus hijos.
Los niños no tienen número propio ni WhatsApp. Tampoco redes sociales. Sus correos están vinculados al de su madre. Si una aplicación no corresponde a su edad, simplemente no se instala. Si YouTube tiene un tiempo definido, ese tiempo se respeta. Y cuando llega la noche, la tablet se bloquea sola hasta el día siguiente, como una pequeña ayuda tecnológica que protege algo que para Alejandra es sagrado: el descanso.
Pero ella sabe que criar en la era digital no se resuelve solo desde una aplicación.
Por eso, a veces se sienta con sus hijos frente a Roblox. No lo hace como una adulta que mira desde lejos, con sospecha o aburrimiento. Se sienta a jugar. Entra a esos mundos que para muchos padres parecen extraños, pero que para los niños son parte de su lenguaje. Alguna vez jugaron a comer sushi. Otra vez, simplemente se quedaron mirando el mar dentro del juego.
“Me gusta el hecho de que ellos puedan jugar conmigo y yo tenga un tiempo de compartir con ellos a través del juego”, explica.
Ahí está una de las claves de su mirada: no todo lo digital debe ser rechazado. A veces, una pantalla también puede abrir una conversación. Puede servir para conocer qué les gusta, cómo juegan, con quién interactúan y qué riesgos pueden aparecer detrás de un avatar aparentemente inofensivo.
Una vez, una persona desconocida intentó escribirle a su hijo menor dentro de una plataforma. Alejandra no convirtió ese episodio en una prohibición inmediata ni en una escena de alarma. Bloqueó el contacto, sí, pero hizo algo más importante: habló con su hijo. Le explicó por qué no se responde a desconocidos, por qué no se dan datos personales y por qué internet, aunque parezca un juego, también necesita cuidado.
Ahí aparece la psicóloga. Pero, sobre todo, aparece la madre.
Incluso con quince años de experiencia acompañando estudiantes y familias, Alejandra no se presenta como alguien que tiene todo resuelto. Reconoce que hay días más flexibles, especialmente los fines de semana. Hay momentos en los que permite un poco más de pantalla. Y también hay lunes en los que nota el efecto: más cansancio, menos energía, más dificultad para retomar la rutina.
“Hay que ser honestos”, reconoce. Incluso siendo psicóloga, poner límites no siempre es fácil.
La crianza digital, en su caso, no se parece a una fórmula perfecta. Se parece más a una negociación constante. A revisar horarios. A explicar otra vez. A sostener un límite aunque haya quejas. A permitir un poco más cuando se puede. A corregir cuando se pasó la línea. A entender que la autoridad no tiene que ser grito, pero tampoco ausencia.
En su casa, las pantallas no ocupan todo el espacio. La doble escolaridad deja poco tiempo libre. También están el básquet, el fútbol, las tareas, la rutina familiar. Pero Alejandra sabe que no basta con apagar una tablet. Hay que ofrecer algo más.
Lo más difícil de poner límites, dice, no siempre es decir “no”. Lo difícil es estar dispuesto a reemplazar ese tiempo con presencia real. Porque si se quita una pantalla, pero no se ofrece juego, conversación, parque, lectura o compañía, el vacío vuelve a llamar al dispositivo.
Por eso, su postura no es cómoda ni simplista. No se trata de culpar a los niños. Tampoco de señalar a los padres. Se trata de recordar que la crianza no puede delegarse por completo en una pantalla brillante.
Alejandra compara el uso de pantallas con la alimentación. Si un niño no quiere comer, un padre no deja de alimentarlo. Busca la forma, insiste, acompaña, enseña. Con la tecnología ocurre algo parecido: si un hábito digital no está haciendo bien, no basta con mirar hacia otro lado. Hay que intervenir, ordenar y acompañar.
La escena vuelve al final del día. Las tablets se bloquean. La casa baja el ritmo. Los niños descansan. Y detrás de esa rutina hay una madre que eligió no pelear contra la tecnología, pero tampoco rendirse ante ella.
En la vida de Alejandra, la maternidad y la psicología se encuentran todos los días en pequeñas decisiones: permitir o no permitir, revisar o confiar, jugar o corregir, explicar o simplemente estar. Su experiencia no muestra una casa sin pantallas. Muestra algo más real: una casa donde las pantallas existen, pero no mandan.
Por eso, su mensaje final no suena a prohibición. Suena a recordatorio.
“No tengan miedo a ser papás”.
En tiempos de algoritmos, estímulos rápidos y niños que crecen rodeados de dispositivos, esa frase resume una forma de criar: con límites, con presencia y con la valentía de seguir ocupando el lugar que ningún celular, tablet o videojuego debería reemplazar.
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