PANTALLAS EN LA INFANCIA: ENTRE LA NIÑERA DIGITAL Y EL ACOMPAÑAMIENTO ADULTO
REPORTAJE
El uso de dispositivos en menores preocupa cada vez más a familias y colegios. Especialistas, docentes y madres coinciden en que el problema no está solo en la pantalla, sino en la falta de límites, supervisión y educación digital.
En muchos hogares, la escena se repite: un niño frente a una tablet, un adolescente con el celular en la mano, una familia intentando ordenar horarios, tareas, descanso y momentos sin pantallas. La tecnología ya no es un elemento externo a la infancia. Está presente en la escuela, en la casa, en el entretenimiento y en la forma en que los menores se relacionan con el mundo.
El informe Niños en un mundo digital, de UNICEF, señala que los menores de 18 años representan aproximadamente uno de cada tres usuarios de internet en el mundo. El dato confirma que la infancia ya habita el entorno digital, pero también abre una pregunta urgente: ¿son las pantallas el problema o el verdadero desafío está en la falta de límites, acompañamiento y criterio adulto?
A partir de entrevistas con la psicóloga Alejandra Villa González, el docente de computación Mr. Susano Céspedes, la madre de familia Muriel Coronel y el podcast piloto A ver, despejame la duda, este reportaje analiza cómo el uso de pantallas puede afectar la atención, la conducta, el sueño, el rendimiento académico, la convivencia escolar y la vida familiar.
Un cerebro en desarrollo frente a estímulos rápidos
Para la Lic. Alejandra Villa González, psicóloga y jefa del Gabinete Psicopedagógico del Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino, la preocupación tiene una base clara: los niños no procesan los estímulos digitales de la misma manera que un adulto.
“El cerebrito de un niño no está capacitado biológicamente para resolver el estímulo digital de manera tan sencilla como un adulto”, explica.
Las pantallas ofrecen estímulos rápidos, constantes y cambiantes. Cuando un niño permanece demasiado tiempo frente a ese tipo de contenido, su cerebro se acostumbra a una velocidad que no siempre existe en la vida cotidiana ni en el aula. Una clase, una lectura o una conversación requieren otro ritmo: atención sostenida, espera, escucha y comprensión.
Villa señala que en el colegio se observan señales visibles: estudiantes cansados, con sueño, irritables, con bostezos constantes o dificultades para concentrarse. El uso de dispositivos antes de dormir también puede alterar el descanso. Según la Organización Mundial de la Salud, en la primera infancia deben evitarse largos periodos sedentarios frente a pantallas, y en niños de 2 a 4 años el tiempo sedentario de pantalla no debería superar una hora diaria; menos es mejor.
El sueño, el juego activo y el movimiento físico son parte fundamental del desarrollo. Cuando la pantalla desplaza esos hábitos, el efecto no se queda solo en la casa: llega también al aula.
Atención, frustración y conducta
Uno de los puntos más mencionados por Alejandra Villa es la baja tolerancia a la frustración. La pantalla acostumbra al niño a respuestas inmediatas: un video aparece en segundos, un juego reinicia al instante, una imagen cambia con solo tocar la pantalla.
La vida real no funciona así.
En una clase hay que esperar turno, seguir instrucciones, escuchar, equivocarse y volver a intentar. En el juego con otros niños hay que negociar, perder, compartir y resolver conflictos. Cuando un menor se acostumbra únicamente a la gratificación rápida, puede tener más dificultad para enfrentar esas situaciones.
Villa observó este fenómeno con fuerza después de la pandemia. Mientras algunos adolescentes volvieron valorando más el encuentro presencial, varios niños de primaria regresaron con mayores dificultades para controlar emociones, socializar y manejar la frustración.
No se trata de culpar a los menores. La pandemia aceleró el contacto con pantallas por necesidad educativa y familiar. Pero el regreso a la presencialidad mostró que muchos hábitos digitales se quedaron instalados.
La mirada del aula: tecnología útil, pero no libre de riesgos
Desde la perspectiva docente, Mr. Susano Céspedes, profesor del área de computación con 26 años de experiencia, plantea una diferencia clave: no es lo mismo usar tecnología con propósito educativo que usarla sin control.
La tecnología puede ayudar a investigar, crear, resolver tareas y desarrollar habilidades digitales. Sin embargo, cuando su uso se vuelve principalmente recreativo, aparecen riesgos: distracción, pérdida de tiempo, menor lectura de textos largos y preferencia por contenidos resumidos o audiovisuales.
Céspedes advierte que los estudiantes “leen menos textos extensos y prefieren información resumida o información audiovisual”. Este cambio representa un desafío para habilidades básicas como comprensión lectora, escritura, análisis y organización de ideas.
La UNESCO también plantea que la tecnología puede apoyar la educación, pero no resuelve por sí sola los problemas del aprendizaje. Su uso debe tener un objetivo pedagógico claro y no reemplazar la interacción humana ni el rol del docente.
En el Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino, una de las decisiones fue restringir el uso de celulares y tablets en primaria. La medida busca recuperar espacios de juego, conversación y convivencia durante los recreos. La tecnología no desaparece del proceso educativo, pero se intenta que tenga un lugar ordenado.
La casa como primer espacio de regulación
Si la escuela regula, la casa sostiene. Ahí aparece el testimonio de Muriel Coronel, maquilladora y madre de dos hijos, de 10 y 16 años. Para ella, el uso de pantallas no es un debate teórico, sino una situación diaria.
Muriel describe el control de dispositivos como una “lucha diaria para que no se pierdan en el mundo digital”. Reconoce que poner límites puede ser cansador, especialmente cuando llega tarde del trabajo y debe enfrentar reclamos, negociaciones o berrinches.
En su experiencia, cuando sus hijos pasan demasiado tiempo conectados pueden mostrarse más irritables, contestones o desconectados de lo que ocurre alrededor. Por eso, en su casa aplica estrategias concretas, como el “apagón digital” a las 10 de la noche, cuando los celulares quedan fuera de las habitaciones.
También intenta promover salidas, actividades familiares y momentos sin dispositivos durante los fines de semana. Su mensaje para otros padres es insistir, aunque cueste: “No se cansen de insistir... nuestros hijos nos necesitan presentes”.
Ese testimonio aterriza el problema. Poner límites no siempre es cómodo ni inmediato. Exige tiempo, energía y constancia. Pero también muestra que la regulación no es imposible cuando existe decisión familiar.
Alejandra Villa como madre: límites, Family Link y presencia
La experiencia de Alejandra Villa no se limita a su rol profesional. También es madre de dos hijos, de 8 y 10 años, y en su casa enfrenta los mismos desafíos que muchas familias.
Durante la pandemia, sus hijos comenzaron a usar tablets para clases virtuales. Desde entonces, la tecnología quedó presente en la rutina familiar, pero con reglas claras. Villa utiliza Google Family Link, una herramienta que permite supervisar aplicaciones, establecer horarios, bloquear dispositivos y controlar contenidos.
Sin embargo, insiste en que una aplicación no reemplaza la presencia adulta. El control parental ayuda, pero no cría.
En su casa, el uso de pantallas se combina con doble escolaridad, deportes como básquet y fútbol, horarios definidos y acompañamiento. También procura conocer el mundo digital de sus hijos. Por eso, a veces se sienta con ellos a jugar Roblox, no para promover el uso sin límites, sino para entender qué hacen, qué ven y con quién interactúan.
“A veces satanizan Roblox, pero yo me siento con mis hijos a jugar cosas sencillas, como uno de comer sushi... es un excelente momento para conocer su mundo”, comenta.
Esa experiencia muestra una idea importante: acompañar no siempre significa prohibir. A veces significa sentarse al lado, mirar, preguntar, jugar y enseñar.
Riesgos que no siempre se ven
Más allá del tiempo de uso, las pantallas también abren otros riesgos. Susano Céspedes menciona el ciberacoso, el contacto con desconocidos, la exposición a contenidos inadecuados y la entrega de información personal.
UNICEF advierte que el entorno digital ofrece oportunidades, pero también peligros relacionados con privacidad, violencia en línea, explotación y exposición temprana a contenidos no adecuados. Por eso, la alfabetización digital no debe limitarse a saber usar una aplicación. También implica aprender a proteger datos, reconocer riesgos, desconfiar de desconocidos y comunicarse de forma responsable.
La American Academy of Pediatrics propone que las familias no se enfoquen solo en contar horas de pantalla, sino también en la calidad del contenido, el contexto de uso y el equilibrio con otras actividades saludables. Entre sus recomendaciones se encuentra crear espacios y momentos libres de pantallas, como las comidas familiares o el tiempo previo al descanso.
En este punto, las fuentes coinciden: el problema no es únicamente cuánto tiempo se usa una pantalla, sino qué se consume, con quién, para qué y en qué momento.
Corresponsabilidad: familia, escuela y sociedad
El uso de pantallas en menores no puede ser abordado solo desde el colegio ni solo desde la casa. La escuela puede regular dispositivos, orientar a estudiantes y abrir espacios de reflexión. Pero si en el hogar no existen horarios, supervisión ni diálogo, el esfuerzo queda incompleto.
Del mismo modo, las familias necesitan acompañamiento. Muchos padres también están aprendiendo a criar en un entorno que no existía durante su propia infancia. No siempre saben qué aplicación es segura, qué juego es adecuado o cuánto tiempo es demasiado.
Por eso, la solución no pasa por una prohibición absoluta. Tampoco por entregar dispositivos sin reglas. El camino está en educar digitalmente: establecer límites, revisar contenidos, conversar, ofrecer alternativas y construir hábitos saludables desde edades tempranas.
Las pantallas pueden ser herramientas valiosas para aprender, crear y comunicarse. Pero no deben reemplazar el sueño, el juego, la lectura, el deporte, la conversación familiar ni la convivencia con otros niños.
Recuperar la batuta
El desafío de la crianza digital no consiste en pelear contra la tecnología, sino en recuperar el rol adulto frente a ella. Las pantallas no van a desaparecer. Los niños crecerán en un mundo digital. La pregunta es si crecerán solos frente a ese mundo o acompañados por adultos capaces de orientar.
Alejandra Villa lo resume en una frase sencilla: “No tengan miedo a ser papás”.
Poner límites no es quitar amor. Es una forma de cuidado. Decir que no, revisar una aplicación, apagar una tablet antes de dormir o sentarse a conversar sobre un juego también son actos de crianza.
En una época diseñada para capturar la atención, la presencia humana sigue siendo el recurso más importante. El juego en el piso, una salida al parque, una charla durante la comida o una noche de descanso sin pantalla pueden parecer gestos simples. Pero en la infancia, esos gestos construyen hábitos, vínculos y formas de mirar el mundo.
La tecnología puede acompañar el desarrollo de los menores, siempre que no ocupe el lugar de los adultos. El reto no es desconectar a los niños de su tiempo, sino enseñarles a conectarse mejor con el mundo, con los otros y consigo mismos.
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Google. (s. f.). Manage your child’s screen time. Google For Families Help. https://support.google.com/families/answer/7103340
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